De vuelta a la cuidad arrastro los pies sin rumbo fijo. Me siento mal por heber hecho que se preocuparan por mi, y vacío por el hueco dejado por mi amigo. Inmerso en mis pensamientos choco de morros con una pared de piedra. Santuario de la Luna Negra reza un cartel en lo alto. En la entrada una anciana enrrollada en una túnica ricamente adornada me mira y me dice:
-¿Vienes a pedir fortuna con el amor joven?
La miro y le comento:
-¿Una lugar en el templo para rezar por los muertos señora?
Me mira con aprehensión y me señala un lugar apartado.
-Siento tu pérdida.
Asiento con la cabeza y me dirijo al lugar que me ha indicado. el templo es inmenso en su interior, amplios corredores dan a las diferentes partes del templo, cada pocos metros un pilar con aceite ardiendo ilumina el corredor. Al llegar a la zona que me indicó observo a una cuantas personas que lloran por sus seres perdidos ante un efigie de un dios que no reconozco. Me siento ante otra de esas efigies y elevo una plegaria por el alma de mi amigo.
-He aqui que veo a mi padre, he aqui que veo a mi madre, mis hermanas y mis hermanos, he aqui que veo el linaje de mi pueblo hasta sus principios y he aqui que me llaman, me piden que ocupe mi lugar entre ellos, en los atrios de Valhalla, el lugar donde viven los valientes. Para siempre.
Le sonrio a la estatua. No estoy triste por la muerte de mi amigo pues sé que en la otra vida le volveré a ver, estoy triste, ¡No! ¡Furioso! Por la manea en que murió. Me invade un sentimiento de ira incontrolable y salgo del templo antes de que rompa algo.
Una vez fuera dedico unas palabras de agradecimiento a la anciana y me voy a una lugar apartado donde clavo mi espada en el tronco de un arbol lo más profundo que puedo para aliviar la ira.